OPINIÓN

Buenas lecturas

DE POLÍTICA Y COSAS PEORES / Catón EN MURAL

3 MIN 30 SEG

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Don Moneto, el ricachón del pueblo, fue a visitar al padre Arsilio en la casa parroquial. Le dijo que con motivo del principio de año había decidido cambiar de vida. Sería un hombre nuevo. El buen sacerdote se alegró, pero la experiencia le había enseñado a desconfiar de los arranques de virtud. Le preguntó al dineroso señor: "En adelante ¿amarás a Dios sobre todas las cosas y a tu prójimo como a ti mismo?". "¡Sí, padre; sí!" -prometió vivamente don Moneto. "¿Vendrás a misa todos los domingos?". "¡Sí, señor cura!". "¿Tratarás con justicia a tus trabajadores?". "Momento, padrecito -lo interrumpió en ese punto, molesto, el ricacho-. Estamos hablando de religión, no de negocios"... Otro que decidió convertirse con motivo del nuevo año fue Empédocles Etílez, el briago más briago del lugar. Le anunció, solemne a su sufrida cónyuge: "A partir de mañana, esposa mía, seré otro hombre". Al día siguiente, sin embargo, llegó borracho como de costumbre. Le dijo a la llorosa mujer: "¡Con la novedad, viejita, de que al otro también le gustaba la peda!"... Este amigo mío tiene una teoría muy interesante. (Las teorías son, por lo general, interesantes; las que suelen ser bastante aburridas son las prácticas). Afirma que la lectura de buenos libros hace buenas a las personas. Yo lo escucho cum grano salis, o sea con cauteloso escepticismo, pues he conocido a individuos de abundantes lecturas pero de escasa calidad humana: malagradecidos, envidiosos, enemigos solapados a quienes causa rabia la fortuna ajena. Aun así mi amigo piensa que a él lo hicieron ser bueno -y ciertamente lo es- los libros de Dickens, Daudet, Dumas (el de Los tres mosqueteros), Tolstoi, Chejov, O. Henry y otros como ellos. No contribuyeron a su bondad, en cambio, los libros llamados sagrados o devocionales, y llega a decir que en el Selecciones del Reader's Digest encontró más buenos ejemplos que en algunos capítulos del Antiguo Testamento, abundantes en asesinatos, adulterios, y otras malignidades. Propone que al principio de esos textos se incluya la advertencia que Netflix inscribe en sus películas: "Contiene escenas de violencia y sexo", y que avise, como en las cajetillas de cigarros, que el consumo de ese producto puede ser nocivo para la salud -en este caso mental, moral y espiritual- propia y del prójimo. No sé hasta qué punto la tesis de mi amigo sea plausible, pero sí sé que la ignorancia ve con malos ojos a la cultura, y que la estolidez recela de la inteligencia. A otros, un barniz de humanidades los podría alejar del egoísmo, del apetito desordenado de ganancias, y enseñarles que más allá del dinero hay valores que dan su verdadero sentido a la vida, como el bien, la belleza y la búsqueda de la felicidad para sí mismo y para los demás. El que tenga oídos para oír, que vea... Santa Clos regresó al Polo Norte después de su largo y cansado periplo por el mundo. Fue a beber una copa con sus amigos -merecido premio-, y les contó lo que en una casa le había sucedido. "Bajé por la chimenea -relató-, y en la sala, al pie del pino, vi a una espléndida morena: busto maravilloso, cintura cimbreante de palmera, grupa de potra arábiga, torneadas piernas y cero vestimenta. Me dijo con insinuante voz: 'Soy tu regalo de Navidad. Estoy a tu disposición'. Y así diciendo se tendió en un diván puesto ahí para el efecto. 'Ahora no puedo -me disculpé-. Debo llevarles sus regalos a los niños que se han portado bien'. 'Yo me portaré mejor -respondió ella-. Además esto no tomará mucho tiempo'". Uno de los amigos exclamó: "¡Fantástico! Y tú ¿qué hiciste?". "Acepté -confesó Santa-. Después de todo en ese momento no iba a poder salir por la chimenea, y luego sí"... FIN.