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La carrera científica, motor de innovación



¡EUREKA! / José Navarro Partida
en MURAL

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Históricamente, el avance de la medicina ha sido impulsado por la labor científica de hombres y mujeres interesados en el conocimiento.

Basta mencionar como ejemplos de esta premisa a la revolución terapéutica que generó el descubrimiento y desarrollo de los antibióticos y la explosión de conocimientos y avances tecnológicos en salud derivados de la investigación en ácidos nucleicos (ADN y ARN).

Por un lado, después del descubrimiento de la penicilina por el científico británico Alexander Fleming en la década de 1920, fue posible tratar infecciones de manera eficiente, reduciendo e incluso evitando la mortandad relacionada a éstas.

Por otro, después de la descripción de la estructura del ADN que Watson y Crick hicieran en 1953, fue posible identificar con claridad marcadores genéticos con fines diagnósticos y pronósticos, e incluso en la actualidad es factible modificar el curso de una enfermedad manipulando el ADN y el ARN mediante sofisticadas técnicas de ingeniería genética.

En definitiva, la investigación y la ciencia han constituido un pilar fundamental para el desarrollo de la medicina y de las ciencias de la salud, funcionando como un catalizador que impulsa la generación de nuevas terapias y la creación de innovadoras estrategias diagnósticas y preventivas que impactan a la salud humana.

Sin embargo, la profesionalización de la investigación en salud inicia tardíamente en la historia humana. Es decir, el investigador en medicina como profesional reconocido con funciones y alcances específicos no había sido definido con precisión.

Se puede decir que la historia profesional de Claude Bernard, un fisiólogo francés de la primera mitad del siglo 19, marca el inicio de la carrera científica en medicina.

Bernard estudió medicina, pero nunca la ejerció, se dedicó por completo a la investigación en el área médico-biológica, siendo el objetivo fundamental de sus estudios la introducción del método científico en la medicina.

No obstante, la figura definida del investigador médico surge a partir de la segunda mitad del siglo 19, cuando en Alemania se desarrollan laboratorios e institutos universitarios dedicados exclusivamente a la investigación científica médica. Dichos investigadores se dedicaban de tiempo completo al desarrollo de la ciencia y en ocasiones sin contacto con pacientes.

En México, la profesionalización de la carrera científica en medicina se formaliza en 1939 cuando se inaugura el Instituto de Salubridad y Enfermedades Tropicales, seguido de la creación, entre 1943 y 1946, del Hospital Infantil de México, el Instituto Nacional de Cardiología y el Hospital de Enfermedades de la Nutrición (hoy Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición), entidades dedicadas a realizar funciones de asistencia, docencia e investigación.

A partir de entonces, el desarrollo de la investigación en salud por profesionales especializados ha seguido en paralelo al desarrollo del país, formalizándose incluso la instrucción en ciencia médica en 1974, cuando se inaugura la Licenciatura en Investigación Biomédica Básica en la Universidad Nacional Autónoma de México.

En la actualidad existe una demanda creciente de profesionales de la investigación médica con sólida formación científica.

Esta imperiosa necesidad de investigadores se ha puesto de manifiesto recientemente ante la contingencia global del Covid-19 causado por el coronavirus 2 (SARS-CoV-2).

Ante este reto en salud internacional, fue clara la participación del investigador médico en el desarrollo de metodologías diagnósticas y terapéuticas innovadoras (pruebas rápidas, detección del virus por PCR y desarrollo de vacunas en tiempo récord, entre otras).

Es por ello que, hoy más que nunca, es palpable el hecho de que la carrera científica constituye una oportunidad de profesionalización del estudioso de la salud que le permite el desarrollo de innovaciones en ciencia médica tales como terapia celular (utilización de células y sus productos con fines terapéuticos), terapia génica (utilización de ácidos nucleicos con fines terapéuticos) y nanomedicina (utilización de materiales biocompatibles de escala nanométrica con fines médicos).

Invenciones como Luxturna, la primera terapia génica aprobada en Estados Unidos con capacidad de restablecer la función visual en pacientes con distrofia retiniana, la terapia con células troncales en pacientes con degeneración macular que permite la regeneración de la retina; y el uso de nanopartículas para liberación de desinflamatorios en el interior del globo ocular para tratar el edema macular de la retinopatía diabética, constituyen ejemplos del impacto de la labor científica en el ejercicio de una de las ramas de la medicina como lo es la oftalmología.

 
EL AUTOR ES DOCTOR EN BIOLOGÍA MOLECULAR, MÉDICO ESPECIALISTA EN OFTALMOLOGÍA Y PROFESOR INVESTIGADOR EN EL TECNOLÓGICO DE MONTERREY.

 
 
 
 
 
 


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