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TOLVANERA / Roberto Zamarripa
en MURAL

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La caricatura política ha sido fundamental en el desarrollo de una prensa libre e independiente. José Guadalupe Posada, en su línea final de vida, o Ernesto García Cabral, en sus mocedades, fueron algunos que marcaron la tendencia en la prensa de la época revolucionaria del siglo pasado.

A la caricatura política le vino bien lo que a los ciudadanos fastidió: el régimen de partido único con todos sus rituales. Qué bonito y sabroso manjar para las plumillas de los caricaturistas.

Abel Quezada (1920-1991) publicó en la portada de Revista de Revistas el 2 de diciembre de 1956 un cartón donde una adivina con cuatro políticos sombrerudos tras de sí, observaba una bola de cristal con una capucha blanca dentro. "Se asegura que las próximas elecciones presidenciales serán pacíficas... nadie lo duda: hasta ahora, todo lo que hay son ´tapados´. Con tal de que no los destapen antes de tiempo... o les dé por destaparse solos...", decía la caricatura bajo el título: "No se destapen".

Fue el registro oficial del Tapado y el tapadismo. Desde la caricatura, Quezada desnudó elegantemente las hipocresías del sistema.

En 1965, Rius puso en escena a Los Supermachos, una historieta ácida y extraordinaria que exhibió los abusos del régimen en medio de la hilaridad. Rius no había podido acomodarse como un cartonista de prensa diaria, pero transformó el estereotipo de la caricatura política rompiéndola en el cómic.

Ya en los setenta nació un Naranjo (y también Helio Flores) para devolverle al cartón político una fuerza incontestable. Iban con la corriente de un periodismo crítico e innovador. Luego vendría la camada que publica en la prensa de la "época neoliberal" de una riqueza artística, gráfica y crítica extraordinaria.

Esta generación se benefició de privilegios que sus antecesores no tuvieron. La censura cambió de tono porque los lectores fueron empoderados y los medios fortalecieron sus propósitos periodísticos. La lista es larga y todos ellos están vivos y los disfrutamos todos los días, menos a uno, Antonio Helguera.

La variable con la que no contaban es la escandalera y toxicidad de las redes sociales que dentro de su esquizofrenia producen gotas finas de sátira. Los memes resultaron la dulce manera de los usuarios de descargar sus iras sobre las diarias comedias y tragedias de la política. Y los memes parecían una de las grandes amenazas de la caricatura política.

Al final se han rendido ante ella. La vigencia del cartón político ante la viralización de la gráfica editada ha sido a fuerza de la constancia, del trazo diario, de la irrenunciable tarea de la crítica y la denuncia, de la ironía y el detalle. Pero ineludiblemente la caricatura política va de la mano del buen periodismo que no se aloja en un solo sitio o por una ideología. Parte de lo que la caricatura política ayudó a demoler, inserta en la prensa libre e independiente, fue aquello de que si alguien quería llamarse periodista debía estar al servicio del régimen de la Revolución (1910) y dejaba de serlo por alinearse con la reacción. Don Perpetuo del Rosal fue el ícono de esa barbaridad.

La caricatura, siempre crítica, puede sustituir el editorial o restañar las ausencias de la indagación periodística. Pero si algo ilustra es que la sumisión no va con el periodismo. Que la prensa no es tapete de papel del régimen en turno.

Antonio Helguera (1965-2021), según recuerdo, pasaba horas sentado frente al restirador para consumar una idea; parecía posar pasmado, estático con la mirada depositada en el aire. Así creaba. Su contribución a un periodismo diferente, crítico, arriesgado, comprometido es indudable. Tenía derecho a sumergirse en la política como cualquier ciudadano y a sufrir o disfrutar las consecuencias de ello. Miembro de una generación excepcional de caricaturistas diseminada en distintos periódicos, Helguera despuntó desde su mordaz seriedad. Un hombre bueno no es santo ni tampoco el cavernario. Helguera lamentablemente fallecido este viernes 25, está en la galería de los grandes cartonistas y desde luego de las buenas personas que tanto requiere el país.

 
robertozamarripa2017@gmail.com
 
 
 
 
 


ROBERTO ZAMARRIPA DE LA PEÑA.- Periodista. Egresado de Ciencias de la Comunicación de la Universidad Autónoma Metropolitana-Xochimilco. Ha sido reportero y editor. Cronista. Especializado en temas políticos. Es autor del libro "Sonora 91, Historia de políticos y policías". Crónicas suyas están incluidas en la antología "El Fin de la nostalgia" y "Enviados Especiales".

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