OPINIÓN

Feliz cumpleaños

DE POLÍTICA Y COSAS PEORES / Catón EN MURAL

3 MIN 30 SEG

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Bustolia y Nalgarina, vedettes de carpa, se encontraron en la esquina donde tomaban el camión. Aunque hacía un calor de 35 grados Nalgarina llevaba un abrigo de piel que ciertamente no era de conejo, sino de visón, chinchilla o mink. Ignoro de qué, porque lo único que sé de pieles es que van por fuera. "¡Qué abrigo te cargas! -le dijo Bustolia a su amiga con tono al mismo tiempo de admiración y envidia-. Debes haber dado por él un ojo de la cara". Respondió Nalgarina con franqueza digna del mayor encomio: "Eso fue lo único que no tuve que dar"... Hace unos días las chicas y chicos del Zaragoza, mi colegio de niño en Saltillo, me festejaron mi cumpleaños Lo hicieron en público de la gente, como dice el corrido de Benjamín Argumedo, cuya tumba está en el panteón de Durango, cerca de la de una señora en cuya lápida se lee este expresivo elogio: "Fue a un tiempo honrada y hermosa, raro en mujer sin fortuna". La rondalla de la Facultad de Jurisprudencia, mi alma mater -en Saltillo hay más rondallas que Oxxos-, me cantó Las Mañanitas, y la maestra Imelda Retis, apóstol de la lectura, dijo de mí unas generosas palabras. Todo esto tuvo lugar en uno de los sitios más entrañables de mi solar nativo, la Alameda. En ese bello parque Manolo Jiménez Salinas, excelente alcalde que fue de la ciudad, hizo poner una placa con un texto mío: "Aquí todos tenemos biografía. / Si la Alameda de Saltillo hablara / ¡cuántas cosas, Señor, se callaría!". Hubo una muestra de cuadros pintados por estudiantes del Colegio, exposición como aquellas que Alfredo Ramos Martínez hacía en los jardines públicos de la Ciudad de México, y luego vinieron el pastel y los regalos: un precioso juego de ajedrez con trebejos modernistas -"trebejos" es el nombre que reciben las piezas del juego ciencia-. y lo mejor de todo: un libro. ¿Qué libro escogieron las muchachas y muchachos para regalármelo? Uno que ganó el primer premio en el Concurso Estatal del Cuento. Se llama Historias en peltre, y su autora es Luz María Fuentes de la Peña. ¡Mi hija Luly! He aquí la dedicatoria que la talentosa escritora le puso a mi ejemplar de su libro: "Para mi padrecito adorado, mi primer amor, mi guía y mi ejemplo. Te amo infinitamente". Díganme mis cuatro lectores si no vale la pena haber venido a este mundo sólo para tener una hija así. Y no acaban ahí mi orgullo y mi ufanía de padre. Hoy se estrenará en el cine principal de la ciudad una película cuyo guion está sacado de uno de los cuentos de Luly, que escribe mucho mejor que yo, con más hondura y sensibilidad mayor. En este tiempo de sombras recibir la visita de esa esquiva dama que se llama la felicidad es algo que se debe agradecer. Gracias, entonces, a las alumnas y alumnos de mi colegio invicto y triunfante, el Zaragoza; gracias a la maestra Retis; gracias a los trovadores de la Rondalla de Jurisprudencia; gracias a la Alameda, por los recuerdos. Y gracias, sobre todo, a Luly, mi gloria, mi dicha, mi bálsamo y consuelo, la más grande ventura de mi venturosa edad... Dice un dolido dicho: "Cuando dos pobres se casan la noche se hace más corta, para que no gocen tanto". Nonito y Dulciflor no eran pobres: pertenecían a la honrada y laboriosa clase media, que en el actual sexenio va en vías de desaparecer, de modo que para ellos la noche de bodas tuvo la duración acostumbrada. A la mañana siguiente los felices -y fatigados- novios bajaron a desayunar. Dulciflor advirtió, azarada, que los huéspedes la miraban con curiosidad y con risitas. Ruborizada reprendió a Nonito: "Te pedí que no fueras a decir que somos recién casados". "Y no lo dije, mi amor -le aseguró él-. Les conté que nada más somos amigos"... FIN.